Re verde ser o fenecer. Una perspectiva procesual de la LIJ y sus dilemas, hoy
Una conferencia que no será impartida
y que pretendió ser solo un punto de partida para una conversación con
Bernat Cormand, del Consell Català del Llibre Infantil i Juvenil (ClijCat),
una federación de organismos, sin afán de lucro, que promueve y difunde
el libro y la lectura infantil y juvenil desde 1982.
Esa charla se dio el día 27 de febrero a las 10:00 AM, hora de Barcelona,
y con usted, lector, si es que enciende su pantalla
o más tarde, cuando le venga en gana.
Dicho de otra manera,
este texto es un pretexto para una conversación: curioso caso,
este texto versa sobre la primacía de la oralidad frente a la escritura,
de las mujeres sobre los machos;
de la charla, el silencio y la música sobre el texto, siempre tan pretencioso,
y, sobre todo, tan ansioso de perpetuarse.
Este texto está redactado hoy, en este panorama tan contrastante en el
que los pájaros cantan y las calles se callan, las ambulancias aúllan
y las plantas gozan. Las paradojas son una oportunidad para darle una vuelta a
las doxas y re
pensar. Re
cobrar la ciencia o la conciencia de ser con otros y ser sólo siendo otros.
Fina Miralles. Relaciones.
Relación del cuerpo con elementos naturales. El cuerpo cubierto de paja [Documentación de la acción realizada en enero de 1975 en Sabadell, España], 1975.
Colección MACBA. Depósito de la Generalitat de Cataluña. Colección Nacional de Arte.
Re verde ser o fenecer. Una perspectiva procesual de la LIJ y sus dilemas, hoy
Para las cuatro hojas
del trébol que me hacen sentir cada mañana un padre afortunado.
Para Adolfo Córdova,
un cómplice tenaz.
Mirada en perspectiva la LIJ (1), eso que llamamos LIJ, es una invención reciente y, quizá, en peligro de desaparecer.
Antes que ella hubo un mar sin fondo en el que se mezclaban lo mismo las aguas del amar sereno, que en melodías se expresaba, juntando lágrimas y leche, que el temor adulto que se despierta durante la noche amenazante. Sí, antes de la LIJ, hubo un caudal de nanas y mitos, no pocas veces acompañado de danzas, caricias e, incluso, azotes.

Cuentan los que saben, Bettina Hürlimann (2) entre otros, que la LIJ comenzó con Charles Perrault. Una de las estrellas de la Sagrada Trinidad que los seguidores de la LIJ adoran: Charles Perrault, los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen. Pero los que la han investigado hallan vestigios de Caperucita en cuentos chinos muchos siglos anteriores a ese francés esquivo, uno de ellos es Bruno Bettelheim(2). Mi amiga Ana Griott, que está muy enterada de esos y otros menesteres, me dice que en 1203 Egberto de Lieja, en Fecunda ratis, narra en latín la historia de una niña en compañía de lobos, vestida de rojo (que podría ser una caperuza) (3). El cuento da para crear una biblioteca entera como bien lo ha demostrado el entrañable Luis Bernardo Yepes, quien creó en Medellín, Colombia, una sólo dedicada a versiones de este cuento.
Lo mismo habría que decir de tantos otros cuentos que llamamos clásicos. Se hunden en una noche sin cuentas en las que en un principio muy arcano, de dos -un óvulo y un esperma- se hizo un óvulo fecundado, que es nuestro origen, siempre un origen que origina y se dispersa. Un continuo renacer muriendo.
Nueve meses después, se (re)inició nuestra vida oficialmente, digo nuestra porque es tuya y mía, de cada quien, pues. El parto es ciertamente una empresa compleja. Más que una partida, una bienvenida. Más que un final, un incesante insistir.
Una criatura nace y crea un mundo. Una madre cría y hace mundo al abrir sus brazos y arrullar. Del mundanal ruido, hace un mondo espacio para el diálogo. A fuerza de mimos y balbuceos. En ese mar se dio y se da el origen de la lengua, que es a la vez el espacio en que moramos y el instrumento para explorar el otro que nos atrae y amenaza a la vez(4).
Dicen las que han investigado desde hace siglos de manera sigilosa, de manera más que silenciosa, silenciada, ciencia silenciada y sólo ahora reconocida por la ciencia que reparte conocimientos, esa que da los Nobel, que hace miles y miles de años nacieron las palabras: para ser más exactos más de un mil por un mil. Su nacimiento es un enigma. Siempre lo será.
La duda que prima y primará siempre es qué líneas de continuidad y de ruptura se pueden o deben establecer entre, por ejemplo, el canto de las aves y el de las madres, entre la música y el lenguaje. Cuánto importa el ritmo o el sonido para crear la ilusión de sentido.
En El río de la conciencia, Oliver Sacks nos advirtió que habría que poner en cuestión esas fronteras que le dan al mono sapiens un lugar de privilegio en el concierto. Oliver Sacks rememora a Darwin (5) y se interroga sobre cuáles son las fronteras entre la inteligencia de las plantas, la de los animales y la de los seres humanos. Algo que teorizó Aristóteles y que está muy lejos de resultar obvio. Más bien, algo que cada vez resulta, más que obvio, obviado, por una supuesta ciencia que no es del todo desinteresada y le da al hombre blanco un lugar en el reino de este mundo, tan inmundo.
Pero no me desvío. Estamos hablando de la LIJ, no lo olvido. Y eso nos interna en el saber y el sentido. En el significado de los libros, por ejemplo.
(1) Se dice LIJ a la literatura para niños y jóvenes. Bien a bien, no sé desde cuándo. Sería interesante saberlo. Estas notas son un intento deliberadamente indirecto de averiguarlo. Quedará claro de que en realidad la LIJ es una convención que dice poco, a menos que la sacudamos, como sucede con todas las convenciones, como lo ha hecho muchos antes y después del gran filólogo Nietzsche.
(2) Bettina Hürliman, Tres siglos de literatura infantil europea, (trad. Mariano Orta), Editorial Juventud, Barcelona, segunda edición, 1982.
(3) Charles Perrault, Cuentos. Introducción de Bruno Bettelheim, (trad. Carmen Martín Gaite), Barcelona, Crítica, 1980.
(4) De manera particular recomiendo la lectura de esta maravilla: Jerome Bruner, El habla del niño. Aprendiendo a usar el lenguaje (trad. Rosa Pemat) Barcelona, Paidos, 1986.
(5) Darwin dedicó 25 años a investigar la inteligencia de las lombrices (esos seres tan especiales que hablando de escalas algo saben más que los monos sapiens, tan mal agradecidos que las matan, cuando a ellas les debemos ni más ni menos que todo el suelo cultivable. Una paciente labor que les tomo millones de años: Sí, todo el suelo cultiva y cultivable, es caca de lombrices.
El significado de los libros
¿Qué quiere decir eso que pomposamente llamamos “significado”, como si estuviese empalizado o crucificado y no fuese siempre algo en continuo acontecer?¿Cómo se construye el sentido?¿Cuánto se puede separar de los sentidos? Si es sentido, ¿adónde nos conduce? ¿Si en realidad nos conduce o nos induce? Si somos algo sin él, ¿qué somos? ¿Si podemos ser sin él?
Estas preguntas, así enunciadas, parecen un juego. Lo sé.
Pero me permito advertirles que sólo los idiotas pretenden negar la seriedad del juego. Ahí se inicia la inteligencia. Vean, si no, la más amplia bibliografía, de la antropología a la psicología, corroborada hoy, por fin, con las ciencias del cerebro; ese órgano tan complejo, apenas un poco más que el intestino, nuestro segundo cerebro, sólo que este compuesto por más células de otros que por las nuestras.
El juego, sí. La oportunidad que tenemos de iluminar la posibilidad de hacer mundo a través del pensamiento, de crear gozando, de hacer y habitar en un terreno pleno de incertidumbre para nosotros, los monos sapiens.

Lo saben los poetas. Lo evidenciaron los mitos. Cuna de los relatos.
Dicen los que han investigado que durante miles de años, hasta hace unos siglos apenas, el tema del relato que protagonizamos los seres humanos fue uno solo: sobrevivir. No pasar hambre. No ser comidos.
En Oliver Twist, lo dice un niño: no puedo dormir por el hambre.Y por temor a ser comido por el que tampoco puede dormir a mi lado.
Para un animal tan frágil, que desde el inicio fue singular por su dependencia del otro, no resultó tan sencillo cambiar de un escenario tan inquietante a otro en el que supuestamente todos tienen tres comidas aseguradas.
Origen es destino, la lucha contra el hambre
El origen, dicen los que saben, es destino: entre las piernas de la mujer nacemos, de sus senos nos alimentamos. Ojalá volvamos a ese origen originante. Pero nuestros saberes enfilan hacia otros rumbos. Y hacia dónde hemos ido, dando tumbos.No hacia la matria sino hacia la patria.
Juan Luis Arsuaga señala que les tocó a las mujeres también descubrir la mejor manera de que el hambre dejará de marcar nuestro destino. Ese sabio, hoy a cargo de dirigir las investigaciones de los yacimientos de Atapuerca, se suma a los muchos que saben que entre las plantas enterradas, las geófitas, las mujeres hallaron la manera de sobrevivir al frío y a la sequía.
Las geófitas almacenaban almidones y azúcar. Las mujeres sembraban para los varones que regresaban de su cacería con los brazos vacíos.
Ese era el diario acontecer. Ellas cuidaban el fuego. Hervían hierbas y raíces. Seleccionaban semillas. Creaban provisiones. Fundaron el hogar, para ellas, los niños y los ancianos. En ese hogar nacieron los cuentos y las rimas, otro origen de la LIJ. Aunque por aquel entonces no se le llamaba LIJ, y los niños estaban en el regazo, ayudando o retozando, no en la escuela. Eran una prolongación del ser. Nadie imaginó que había que crear literatura para ellos. Ellos ayudaban a sobrevivir no el centro de atención que más bien se reducía a eso, a no morir.
De manera muy diversa, en cada lugar de otra manera, deducen los que saben, se hizo una historia común. En la que la peor parte les tocó a los recién llegados.
Robert Darnton dice que los niños vivían en función de los adultos, para hacerlos sobrevivir (6). No fue hace tanto, pero vaya que las cosas han cambiado, y hoy nos desvivimos por los niños.
Doy tres o cuatro pinceladas para situar nuestro momento en una perspectiva amplia, como hace falta si no nos queremos perder en este hoyo que llamamos emergencia mundial ante la pandemia.
Insisto, durante milenios vencer al hambre fue el tema. Hoy ya no lo es, no al menos de manera global. Por el contrario, han comenzado a aparecer problemas de salud muy diferentes, como el sobrepeso o la diabetes.
Para ello hubo que con-vencer al lobo de volverse perro, dejar de cazar para crear corrales, con aves (hoy gallinas y patos son el 60% de las aves), vacas y cochinos (que hoy conforman más de la mitad de los mamíferos). Hubo que arar el campo para sembrar cereales (hoy vivimos de sembrar tres: trigo, arroz y maíz, dejando muchos otros vegetales fuera de nuestra dieta). Cocinar ante el fuego y ahí contar y cantar. Y luego comer sin necesidad de cocer ni estar en compañía. Comida enlatada o envasada, procesada, que hace de la dieta natural algo extraordinario.
(6) Robert Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa (trad. Carlos Valdés), México, Fondo de Cultura Económica, 1987.
La escritura y la ingesta
Un gran salto ocurrió cuando alguien inventó la escritura. Para analizar ese proceso tan complejo, podríamos dedicar horas, semanas y décadas, pero resumo para poder alcanzar una perspectiva procesual: Pensando que ella duraba más que la voz evanescente, los monos sapiens creyeron perdurar y vencer a la muerte escribiendo.
Dulces sueños esos de permanecer.
La escritura también los (o nos) hizo creer que a través de ella se podía no sólo transmitir venciendo la distancia y el tiempo, sino moldear a las criaturas. La base es simple. Uno es un vaso vacío: al nacer no sabe nada y poco a poco, con paciencia, se va con-virtiendo en ser humano. Un vaso lleno de contenido. A través de la educación uno es moldeado. Piaget, si mal no recuerdo, usó esa metáfora para distanciarse de ella.
Ya se reirán ustedes de mis analogías tan simplonas. Pero busquen en los listados de las editoriales los libros con valores y digan si no esperan que los lectores se hagan buenos a semejanza de ellos.
Más de un editor me ha confesado incluso que ha retirado tal palabra o cual escena para evitar que eso suceda, y claro para esquivar la censura de las buenas conciencias, que vigilan que los libros transmitan los valores, y el fracaso de su negocio. Entre muchas cosas, ser excluido de las listas de libros recomendados significa eso; suponer que a través de la lectura uno es moldeado.
Desgraciadamente, la vida de los propios autores lo desmiente. La biografía lectora de cada uno de los grandes nos enseña que los caminos en los que la letra moldea el alma son, cuando menos, sorprendentes. Steiner dedicó un ensayo a dos grandes lectores de Schopenhauer, uno de ellos era Thomas Mann, el otro, Adolf Hitler. Un lector agudo como George Steiner podía sin duda rastrear esas lecturas en los actos y las escrituras de estos dos monos sapiens (7). Los ejemplos podrían multiplicarse.

Hacia una visión ampliada de la historia de la LIJ
La historia de la LIJ, me refiero a la historia social y económica de la LIJ, está llena de esos casos. Hacen reír, o llorar. Idiotas somos si no lo vemos. Idiotas somos por no haber entendido que la historia de la LIJ no se escribe en un manual que resume una antología. Que esa es sólo una parte, quizá la menos interesante.
Que la historia de la LIJ está narrada no sólo por autores e ilustradores o editores. Que en ella tienen su voz prescriptores y adaptadores y, sobre todos, los lectores, que rara vez son escuchados. Vaya, para ser más claros, ni siquiera son tomados en consideración. Son a los que les toca instruir, no escuchar. A los que les toca enseñar, no con quien toca aprender.
Angelitos sin malicia, alguna vez así lo pensaron. Entre ellos voces muy sabias. El propio Rousseau. ¿Para qué hacerlos leer y meterles caca en la cabeza?.
La LIJ ingesta e indigesta
En este repaso, injusto y tosco, toca darle un espacio a eso que hoy no llamamos LIJ. Libros que a los niños hacían bostezar y a los que no pocos adultos aun hoy les dejan la tarea de educar.
Lee y aprende. Por cierto, no sólo son fábulas ni manuales de buenas costumbres.
Por fortuna siempre hubo otros ríos en este caudal que llamamos LIJ.
No son pocos los ríos frescos que en él se vierten y divierten lo mismo a los niños que a los adultos, a los autores que a sus interlocutores. Sí, ríos que nacieron en un misterioso encuentro entre un adulto y un niño. Lewis Carrol con Alicia Lindel; C. S. Lewis al relatar Las crónicas de Narnia a sus hijos. Pippi Calzaslargas, parida por la gran Astrid Lindgren frente a su hija, o, más correctamente, inseminada en la oreja ávida de su hija enferma. Así son los grandes partos de la LIJ. Un raro producto que acontece entre una boca y una oreja, o varias.
Nacidas en un terreno intersticial, entre un adulto y uno o varios niños. No para ellos, sino con ellos. La cuenta es larga y no sólo de humor está alimentada.
¿Para quién escribió Dickens, Salgari, Collodi o Januz Korczak?
No puedo resumir esa historia fascinante.

Paul Hazard propone una ingeniosa fórmula para describir algo de su historia clásica: la literatura robada por los niños, aunque no fuera escrita para ellos (por ejemplo, Los viajes de Gulliver), y la literatura desechada por ellos, a pesar de que les fuera dedicada (8 y 9).
Luego nació la LIJ, eso que llamamos hoy LIJ.
Frente a esa larga historia, la historia de eso que llamamos LIJ es un rato, apenas un siglo, más o menos, dependiendo la zona geográfica. Es una historia que tiene sólo unas décadas, en lengua española y en Francia. Unas décadas más en lengua inglesa.
Pero, como tantas cosas que han pasado, en ese fatídico siglo XX ha tenido un vertiginoso avance. Dicen los que creen que saben que la LIJ sigue boyante.
(8) Paul Hazard, Los libros, los niños y los hombres, (trad. María Manent), Barcelona, Ed. Juventud, 1960.
(9) Si alguien quiere atisbar ese proceso, lo invito a leer un texto que publiqué originalmente en Lectura y vida y luego incluí en Los días y los libros. Digresiones en torno a la hospitalidad de la lectura, publicado por Paidos, y ya descatalogado. Se puede, sin embargo, consultar una primera versión en: http://www.lecturayvida.fahce.unlp.edu.ar/numeros/a22n2/22_02_Goldin.pdf/view
La LIJ, ¿una criatura robusta?
La Federación de Gremios de España ha señalado varias veces que se trata de un sector que nada a contracorriente. Mientras el mercado se contrae, la LIJ florece. Incluso un género ha generado: el libro álbum, que es un relato en el que palabras e imágenes no redundan, juegan.
Y sí, el álbum es un enorme paso para iluminar lo que es obvio, pero que nadie reconoce: que un relato no puede decir todo, que un relato comunica al silencio, que propicia procesos de construcción de pensamiento, con imágenes, que son al mismo tiempo elocuentes y silenciosas.
Que un relato es, al mismo tiempo, una empresa condenada al fracaso y una victoria sobre el malhadado. Que un relato, además de transmitir ideas, sensaciones, valores, inventa un espacio para crecer y compartir. Para crear conversación con soledades.
Al nombrar al libro álbum, que tanto amor despierta en aquellos amantes de la LIJ, interrumpo este recuento histórico. El álbum parece ser el summum. El condensado que rezuma el proceso al que he aludido.
El álbum ha generado una paradoja, inquietante y luminosa.
Hoy los amantes de los libros para niños atesoramos libros para nosotros, libros que no queremos compartir con nuestros hijos. Con ellos ni con nadie.
Se lo he oído a más de un estudioso: Este libro lo compré para mí. No se los comparto a mis hijos, pues acabaría destrozado.
Yo no los culpo. Me reconozco en esa confesión. Confieso que antes de que naciera mi hija yo también compré libros desplegables que nunca le compartí. Tal vez eso se justifica porque los niños de hace unas cuantas décadas no tuvimos una infancia tan dichosa.
Pero sobre todo porque devenir niño puede ser también un proyecto futuro. La niñez no es sólo un lastre o un paraíso perdido.
Pero de manera independiente a esos legítimos anhelos, tenemos que hacernos cargo de millones de niños que hemos traído.

La LIJ bien, ¿y los niños?
De nueva cuenta me veo obligado a ampliar la mira; la historia de la LIJ es una parte de una historia más amplia, la de la infancia.Y ambas son otra de una más amplia, la de la familia, que a su vez es tan amplia que se puede resumir como la historia de hacer de ese territorio inhóspito que habitamos, algo más o menos familiar.
Y eso ha permitido un gran y significativo avance, reconocer a los niños como iguales: recordemos que los derechos de los niños son una invención, corrijo, una pretensión reciente: 1959 o 1989, según se lo mire. Antes a los niños no se les reconocía derechos, menos aun derechos especiales. Desde luego, tampoco se les trataba como iguales. Los niños eran usados para poder vivir y sobrevivir.
Dije que el álbum es el género que resume o rezuma el gozoso trazo del descubrimiento del niño como un igual. Ahora matizo: el gran paso tiene que ver con un subgénero del álbum: los libros para bebés. Es decir con libros que ya no son para personas que no leen, sino para personas que no hablan, o que hablan en un idioma que no entendemos pero que las madres simulan entender, y por ese pacto se inicia todo.
Ha pasado ya un rato y toca ir cerrando.
Dije que iba a hablar de la LIJ desde una perspectiva procesual. Pero,¿a qué llamamos LIJ hoy?
Ustedes dirán “a la literatura para niños y jóvenes”, claro está. Pero con tantito que nos detengamos a observar encontraremos que ese campo no es tan sencillo de delimitar. Si no estuviésemos confinados, podríamos dar un paseo por un inmenso aparador, lleno de obras. En él lo mismo encontraríamos libros inflables que novelas de 700 páginas o más. Libros sin palabras y libros sin imágenes, o libros que los mezclan de muy diversas formas. Libros en prosa o en verso. De fantasía o realistas. Con final feliz o desconcertante.Sería goloso entretenerse en desenredar esa madeja llena de paradojas. Hay cosas más importantes que hacer en estos momentos difíciles. Hoy estamos ante otro desafío.
En las décadas en las que progresó la LIJ, eso que llamamos LIJ, acontecieron otros procesos que debemos señalar para entender la gravedad de nuestro momento.
Por ejemplo, la pretensión de universalizar la escuela, para todos y a lo largo de 18 años o más. El descubrimiento de su fracaso fue un aliciente para el florecimiento de la LIJ. Porque no resultaba tan sencillo identificar el comportamiento lector con aprender el alfabeto.
Hoy, estamos todos alfabetizados, o casi. No me detengo en los pocos que faltan para sumar el 100%, que es un revelador escándalo. Prefiero sólo aludir a lo otro, a lo que hace décadas comenzó a inquietar a muchos. Casi todos pueden decodificar mensajes, pero pocos leen, pocos entienden lo que leen, pocos de los que dicen leer son capaces de escribir… cualquier cosa que quiera decir esto. Este sí es un terreno enormemente complicado.

La LIJ y la promoción a la lectura, tensiones y pretensiones
Lo menciono porque de ese pantano nació algo que llamamos la promoción a la lectura, el más poderoso abono para convertir a la LIJ en una mierda. ¿O cómo podemos designar a esas actividades que hacen de una novela maravillosa un pretexto para medir la comprensión lectora?
Guías para hacer sentir a los adultos que enseñan, calmar sus conciencias y hacer que millones de niños odien la literatura.
Es cierto que este proceso que resumo con ánimo provocador tiene muchos recovecos. Que no es negro ni blanco, ni gris, sino de múltiples colores.
Lo que me importa subrayar es que, mal que bien hoy, en buena parte del mundo, se les reconocen a los niños sus derechos, pero también se les niega la inteligencia para gozar un relato en el que el lobo se come a la caperucita, pues no es correcto que los libros se coman a las niñas por la violencia de género y….
También la literatura se ha convertido en un campo para cultivar inteligencias y emociones. Pero no para jugar y cosechar frutos silvestres.
En ese campo los niños ciertamente pueden encontrar joyas. Y comprarlas, pues sí, hoy por fin los niños tienen derechos y, a veces, incluso el derecho a escoger lo que leen. Incluso a comprar.
La LIJ y el mercado
Hoy los niños son considerados potenciales clientes. A inducirlos a gastar muchas industrias se dedican, dentro y fuera del campo cultural.
Merced a esta bonanza, prosperan los autores de la LIJ.
En España hace un par de décadas sólo los autores de LIJ podían vivir de regalías. Sólo ellos y muy pocos otros. Vivían de crear cuentos y de hacernos creer el cuento de que dando charlas de feria en feria harían amar a los niños el arte de leer. De gozar el papel y descartar la pantalla.
Pero los niños tontos no son. Cuando escuchan rollos se ponen a bostezar. Gozan las visitas de los autores, porque muchos son encantadores. Los escuchan, les platican, los sacan de su rutina. Tal vez incluso los animen a leer pero, no es, al menos no debería ser, ese el motivo que los anima. Es preferible que se sientan animados a explorar con las palabras en sus relaciones, con ellos mismos y con los otros. Con lo íntimo y lo lejano.
Pero autores y editores sí se creyeron el cuento: el negocio prosperó. Tanto que todas las editoriales abrieron sus catálogos para niños. De Oxford University Press, a Paidós. De Austral al FCE. Nadie quiso dejarlo. Y con él las paradojas. Cito ejemplos:
Juan Farías ganó el premio SM, pero los maravillosos libros que SM había publicado ya estaban descatalogados. ¿Por qué? No lo sé, que respondan ellos. Yo les comparto otra anécdota, un querido autor me hizo este comentario: “La verdad no entiendo por qué los editores prefieren pedirme novedades que renovar los contratos de mis mejores obras”. Yo tampoco supe qué contestar. ¿Ustedes sí sabrían?
Lo que intuyo me subleva. Sobre todo, porque lejos de garantizar un negocio legítimo, como es publicar y vender libros, socava sus raíces. Los libros se venden, pero la lectura y la LIJ pierde valor.
Como muchas otras cosas que nos amagan con la anomia. Pues es preciso abrir más el campo y reconocer que la LIJ hoy está en un terreno que comparte con muchas otras creaciones o mercancías, para hablar llano. En el mercado cultural hay cosas buenas y sus lados oscuros o terribles.
¿Blanco? ¿Negro? ¿Grises?
Hay desde luego matices, pero la paleta es más amplia. Supone muchos colores y algo más, supone que uno va a pintar. No sólo a ser testigo.
Que somos libres para hacer garabatos, para corregir, para crear obras.
Para abrir ventanas. Un cuadro es una ventana. Abre a otro mundo. A un mundo posible.
Eso es lo que debemos hacer al ponernos a pensar en la paleta de la LIJ hoy.
Y ahora sí, hecho este recuento, permítanme entrar en nuestros desafíos.
Hoy, en plena pandemia, cuando a miles de niños se les ha privado de ver las bocas de sus interlocutores y de tocar a sus compañeros. Cuando por su bien se les impide compartir con otros sus juegos y hallazgos, de arrancarse el pelo o de repartir el sándwich o las patatas fritas.
Hoy que a los jóvenes se les ha condenado al sexo virtual, con quién juegan, cómo aprenden, a quién y cómo preguntan. Quién los escucha.
Para qué estudian. Esas son para mí las preguntas subyacentes cuando nos preguntamos el futuro de la LIJ, las preguntas que verdaderamente importan.
Mi trébol de cuatro hojas y nuestra fortuna
Soy padre de cuatro hijos. Entre Gabriela, la mayor, y Theo, el menor, hay veinte años. La mayor leyó toda la LIJ, pero no leyó a Dostoyevski, ni Victor Hugo, que no es LIJ, pero yo gocé a los quince años. Theo habla cuatro idiomas y detesta los libros. Durante la pandemia ha jugado con otros niños sólo a través de Playstation.
Para los cuatro, imágenes y palabras, textos, audios y videos, no tienen fronteras claras. Yo leo el mundo a través de la prensa diaria y me pregunto qué sentido tiene todo esto. Por fortuna ellos construyen el sentido de otro modo.
Yo me desviví pensando más que en los libros sueltos, en uno sólo, mi catálogo. El catálogo en donde cada quien pudiera encontrar el libro amado y otros por amar, desconocidos. Tal vez, ingenuamente pensaba que al publicarlo garantizaba preparar a los niños lectores para amar el mundo. Y el mundo les ha dado la espalda.
Hoy no sólo pienso en ellos, sino en mí. Ellos ya resolverán como nosotros hemos ido resolviendo. Pero yo, que tengo el tiempo más recortado, quisiera hallar el modo de aprender con ellos y de ellos.
Siempre pensé que hacer libros era un modo, ahora creo que toca pensar en otros modos. Confío en que habrá espacio para los libros, pero ya no me fío tanto de ese cuento.
Los que amamos a la LIJ, eso que llamamos LIJ, debemos reconocer que fatalmente hemos sido contagiados de ese fatuo orgullo de los letrados que se suponen más sabios que la savia, y que pretenden durar más que los árboles. Que a la oralidad desprecian y a la avaricia abonan.
Que somos solo una parte de un gran proceso, que, si se pierde eso de gozar la diversidad y retozar, lo demás es desvarío. Pretender que somos.
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