Por qué publicar hoy en un blog y no en una revista o en un libro
Me adelanto a la pregunta que muchos me harán, conociendo mi trayectoria reconocida con el Premio Nacional Juan Pablos al mérito editorial: ¿Por qué publico en la red y no en una revista o un libro, yo que, hasta el momento, he sido más bien reticente a las redes y los enredes sociales?
Amante del papel y de los libros impresos con tipografía fundida en plomo, en mi corta vida como lector, más corta aún como editor y prácticamente inexistente como autor, he visto cómo el negocio editorial se ha transformado con un vértigo voraz.
No pasaría nada si esa transformación sólo promoviera la renovación.
Pero es justamente lo contrario. Para ser más preciso, las transformaciones que he atestiguado paradójicamente propiciaron hacer de la iteración el modo de imposibilitar el cambio y hacer de la palabra un modo de construir el mundo, o de hacer habitable este inmundo planeta. Lo mismo en el mundo de los libros que en el otro.

Sí, dije “inmundo planeta” pues, entre otras cosas, este lugar que habitamos está lleno de basura por la cantidad de publicaciones que arrojamos en cualquier paisaje. Piensa, querido lector, cuando viajas, ¿cuántos kilómetros puedes recorrer sin encontrar una palabra escrita? Te aseguro que no son muchos. En México, el país que habito, además de letreros, encontrarás en cada palmo del terreno por el que transitas una basura impresa, sea un envoltorio o un envase.
No pretendo, como quizá algunos supongan, que lo que yo publiqué no sea basura. Le tocará decidir a otros, a los lectores, si mis textos valen lo suficiente como para depositar en ellos un rato de su atención.Tampoco pretendo discutir con aquellos editores que cotizan en la bolsa de valores.
Ellos saben su negocio. Yo aprecio mi ocio.
Y sí, muchos de ellos prosperan, hay que reconocerlo.
Una buena parte de esos grupos medran no sólo triturando libros sin culpa, sino destruyendo catálogos. Esos fueron los únicos libros que, mientras me ganaba el pan como editor, siempre me interesó publicar. Sé que para muchos los catálogos no son libros, sino “material promocional”. Que los libros deben tener ISBN, etc. Pero desde otra perspectiva, los catálogos son libros. Gordos, muy cuidados, con su presentación incluso. Libros, como todos, con múltiples autorías. Libros sobre libros.
Conversaciones que reconocían conversaciones y pretendían evidenciar y alimentar otras, inter e intrasubjetivas.
Realizarlos es un arte, como el de organizar un concierto a partir de composiciones.
Hoy, en la era de Spotify, ¿alguien sabe qué son los catálogos y los conciertos? El azar dicta lo que has de escuchar, leer o ver.
Mis tiempos de editor han pasado. Creo. Al menos como hasta ahora lo he sido. No lo lamento. Ni lanzo diatribas contra los grandes grupos. Les reconozco su valía. Cada mes gasto algo del dinero que gano en adquirir algo de lo que ellos publican.
Valoro también a los editores independientes. Siempre pendientes de un hilo. En la medida que pueda, con ambos pretendo dialogar en este blog. Espero que ese diálogo contribuya a crear un mercado en el que se valore no sólo a los libros, sino, sobre todo, a los lectores. Pero particularmente, a la lectura y la conversación como forma de construir y proteger el espacio común.
Economista no soy. Los grandes empresarios tendrán sus razones para triturar. Yo tengo las mías para apartarme de esa economía que cuida no sé a quién ni sé tampoco quién en ella decide.
Tal vez sea ciego y necio pero voluntariamente me aparto del que siega,
de ese que decide enviar los libros al mercado y, luego de tres semanas, retirarlos. De esas prácticas yo me aparto, no tengo duda. Más que segar yo pretendo temporizar: acomodarme a(l) gusto para evitar un enfrentamiento mientras no sea necesario. ¿Para qué gastar tiempo y energía siendo tan ancho el campo? Este espacio no es mi negocio, sino un lugar para darle valor a mi ocio, y al tuyo. Para valorar a lo único que no podemos apresar, el tiempo. Un espacio para ocuparme de alguna cosa por mero pasatiempo.
Peripateando quiero pensar y quiero escribir mientras paseo.
Alguna vez tocará sembrar, otras, cosechar hierbas, frutos o tubérculos. ¿Propios, ajenos? La propiedad no es algo que me inquiete.
Me ocupo de reconocer que escribir, leer y conversar me hacen vivir.

Y reconocer los beneficios tanto del trabajo como del ocio, propio o ajeno.
Soy un editor jubilado.Vivo el júbilo de no ser dependiente.
De poder trabajar 18 horas sin parar y de poder descansar cuando me plazca.
A mi teléfono le dicto. No tengo otra secretaria. Y, oh, maravilla, la así llamada tecnología digital me permite llegar a quienes con su atención le darán cotizarán el valor que tenga lo que escriba. Si vale algo, leerán, si no, seguirán su camino.
“Soy liberal”. Con el corazón a la izquierda y la sangre roja. Pero, de ahí en fuera, en materia política creo más bien que hay que repensar todo.
Si de opciones se trata, tanto las nacionales como las internacionales me dan pena. Optó por las locales y las globales. Y, más que a la patria, optó por la matria. Por el escepticismo sano, antes que por la desesperanza o la esperanza vana.
Me digo, sí, hay que repensar todo. Y sugiero que empecemos por pensar qué sentido tiene acumular la riqueza generando más pobreza, y qué opciones hay de conciliar el combate contra la desigualdad desde el reconocimiento de la diferencia: que todos somos iguales justamente porque cada quien es diferente.
Pretendo ocuparme de hacer del reconocimiento de la diversidad una necesidad para convivir, aunque traiga problemas. De multiplicar las preguntas y cuestionar las respuestas que pretenden resolverlas de una vez y para siempre. Ya vendrán otros a darle valor a mi propuesta.
Por ahora sostengo que hay que replantear la manera de vincular el pensamiento con la acción.
Actuar pensando y pensar actuando.
Eso ya supone ensayar. Valorar las experiencias y los experimentos. Este espacio es una apuesta.
Sin duda se puede ganar, pero también perder se puede.
Al menos yo, en materia de valores, prefiero tener el valor de apostar por lo que creo y perder, que apostar por lo seguro, o lo que así se pretende Seguro, no hay nada, eso lo asumo. O, en realidad, cada día tengo más claro que lo único seguro es que tarde o temprano todos habremos de perder.
No hay problema. Si hemos de perder que sea apostando por permanecer dialogando. Como lo hicieron antes otros que escucharon a los hados,
en El jardín de al hado, a ellos prefiero reconocer y seguir conversando contigo, lector. Ya se verá qué sucede.
No todo está en mis manos, porque cuento con las tuyas. También con tu mirada. No todo está en mi voz, cuenta con mi oído.
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